alaireilly

Toda convicción es una cárcel


Deja un comentario

Nostalgia

Imagen

 

Siempre me pregunto si la nostalgia es buena o mala, consciente de que soy una nostálgica empedernida. Si, lo confieso. Me encanta echar la vista atrás y daría lo que fuera por regresar, aunque fuera sólo un día, a un momento concreto del pasado. Desde una posición ventajista, claro. Sabiendo entonces lo que sé ahora. Observando todo aquello que no veía por más que pasara a un palmo de mis narices y disfrutando del momento como debí hacerlo.
 
Suelen decir que la nostalgia es mala compañera. Incluso, que aferrarse a cualquier tiempo pasado es un ejercicio de inmadurez propio de personas que temen los cambios y, en definitiva, crecer. Supongo que per sé, la nostalgia no es buena ni mala. Lo relevante es cómo se gestiona. 
Anuncios


2 comentarios

Construyendo recuerdos

photos

Son los ladrillos que conforman nuestra identidad. Somos nuestros recuerdos. El cerebro almacena fotos, vídeos, olores, sensaciones. A menudo, recordamos sólo un hecho. Allí nos reímos, allí nos caímos, allí sufrimos en silencio, allí salimos airosos, allí saboreamos el éxito.El contexto con el que lo vestimos corre a cuenta de nuestra imaginación. De hecho, hay recuerdos que existen sólo porque han sido explicados mil veces. Tú eres incapaz de visualizarlos y un día te preguntas si aquello existió de verdad o es una invención, esa mentira que, repetida cientos de veces, se convierte en verdad, que decía aquél amante de los derechos humanos.

A veces, conviene sepultar unos en las catacumbas para poder avanzar, aunque con ellos te lleves por delante algunos de los mejores. ¿Si no tenemos recuerdos no existimos?

Habrá que construir nuevos.

Existimos porque alguien piensa en nosotros y no al revés

Princesas


5 comentarios

La espeluznante inercia

Alberto Camus

Alberto Camus

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negociaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir.

Alberto Camus

Estocolmo, 10 de diciembre de 1957

Ojalá aquel tiempo fuera el de ahora, ojalá nuestra generación, mi generación, despertara del letargo, rehuyera de diluirse en la masa social, desdeñara la inercia y decidiera actuar.


Deja un comentario

My way

Arrancaba el post titulando: Lo siento, soy así. Pero, en realidad, no. No lo siento.

Sé que a la mayoría le asusta hablar de sentimientos, de sus temores, de sus aspiraciones, de sus dudas… ¡De sí mismos!

Y me parece triste. Yo no soy así.

¿Me hace eso más vulnerable? Seguramente.

O puede que sea igual que el resto, sólo que tengo menos corazas.

Tememos quedarnos a solas con nosotros mismos. Qué incomodidad, el silencio,  zambullirse en uno mismo y tener que escucharse, preguntarse si estamos o no contentos con lo que hacemos con cómo actuamos.

En cualquier caso, no renuncio a conocerme a mí misma y, por tanto, a ser mejor.


Deja un comentario

El peso de las palabras

¿Cómo puede algo etéreo pesar como una losa?

“Carta en la mesa pesa”, se dice en los juegos de naipes. Con las palabras sucede exactamente lo mismo. Una vez brotan de cualquier boca, de nada sirve apresurarse por retirarlas, desdecirse o tratar de minimizar los eventuales daños con explicaciones más o menos convincentes. Se han propagado como un misil.

Algunas son vacuas y caen en saco roto.

Otras alientan y reconfortan, dan la fuerza necesaria para dar un paso.

Y las hay que son tan afiladas que causan heridas.

“Palabra en el aire pesa”


Deja un comentario

Lo (des)Conocido

Por más que miro no veo.

Soy incapaz de reconocer lo que conozco a la perfección, hasta el más nimio de los detalles.

¿Cuándo sabes que ha llegado el momento de rendirse?

Una parte de ti añora reencontrar lo que un día tuvo y mirar lo que muchos días vio así que, de alguna manera, te resistes a tirar la toalla. Simplemente cejas en tu empeño de apretar con fuerza, te prohibes pensar en ello, te niegas la posibilidad de verbalizarlo y te abrazas a la desidia, a la inercia. Si la toalla cae (si no ha caído ya) siempre te quedará el consuelo de saber que hiciste todo cuanto estuvo en tu mano.
Es decir, te has rendido pero tú aún no lo sabes.

[…]imitando en esto a los caminantes que, extraviados por algún bosque, no deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo; pues de este modo, si no llegan precisamente adonde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque.[…]

Segunda máxima de la moral provisional de Descartes